sábado, 12 de marzo de 2011

Raíces Rock



El destino de Zaída Quiñones, la Turca, la llevó a construir una vida en torno a las guitarras distorsionadas. Rodeada de cables, cajas de sonido, amplificadores y luces, ella jura que es posible venerar a Ozzy Osburne, embanderar la actitud punk y disfrutar de las chacareras en las peñas.

Por Carolina Sánchez Iturbe
Fotos de The Dark Flack (www.thedarkflack.com)

“No había planificado mi vida en torno a la música”. Zaída Quiñones, la mujer que no por casualidad se ganó el mote de Turca, parece haber nacido para los recitales. Como si ése fuese su ecosistema habitual, cuando las luces de los escenarios se encienden, su energía parece activarse a la par, convirtiendo a los ambientes en una seguidilla de risas donde no queda más que entregarse y disfrutar. Sin embargo, y aunque los cables, cajas de sonido, consolas, luces y amplificadores que la rodean pugnen por lo contrario, ella jura que lo suyo es obra del destino caprichoso que quiso que sus días fuesen melódicos.
La verdad es que todo comenzó en Catamarca, donde la Turca vivió con su familia hasta los 12 años y se alimentó no sólo del rock que llegaba hasta allá de la mano de MTV Chile, sino que también de los sonidos tradicionales que impregnaban a su hogar. “En esa época, me fumé todo Guns n’ Roses, Aerosmith. Era la época del glam,  mucha pintura, mucho rock, mucho delay, mucho tambor con eco. Flasheé con eso. Y, además, mi casa era muy musical. Por tener raíces santiagueñas, escuchábamos mucho folclore y por mi tío, tanguero viejo, todo el tiempo había tango”, recuerda blandiendo esa sonrisa que, por estos días, ya la caracteriza. Poco después, llegó la mudanza a La Plata y con ella la primera aventura: “A los 14 me escapé para ir a ver a los Redondos. Era diciembre, llovía, nos tiramos barro, pasto, y en eso perdí las zapatillas y la plata que tenía en el bolsillo. Tuve que llamar a mi papá para decirle ¡estoy en patas en Huracán y no tengo plata!. Mi viejo tuvo que ir a buscarme, me dio un discurso, estuve castigada, pero ya había visto a los Redondos en Huracán”.
Convencida de que las raíces son tan imposibles de evitar como el destino, Zaída cuenta con orgullo cómo supo combinar sin tribulaciones los días metaleros que aparecieron con la adolescencia con las horas de chacareras y zambas. Vestida de riguroso negro y con la cabeza rapada, la Turca no dejaba nunca de huir aunque fuese por momentos para bailar en alguna peña. “En ese momento, quería ser Sid y Nancy, así que era la más punkie, la más reventada, tomaba vino en caja, me cagaba a trompadas en plaza San Martín, pero por más que escuchase a La Polla Records y a V8 y estuviese enojada con todo, a la vez bailaba folclore”, dice jocosa.


Después llegó 1995 y su Monsters of rock en Ferro, donde Zaída se alucinó con Ozzy Osbourne y con Alice Cooper. Vivió, aún hoy lo recuerda, su mejor recital, ése que le hizo decir: “Es esto, esto es un show”. Entonces, vino la seguidilla ricotera por varios estadios de fútbol, el casamiento punkie, el embarazo musicalizado por Ozzmosis, disco que todavía logra llevar a la Turca a lugares felices, y el nacimiento de la niña hippie que sabe de Black Sabbath. Y con la vida adulta, el trabajo: “Como tengo dos manos izquierdas, no puedo tocar, no me sale nada, soy cuadradísima, así que me volqué por el lado del sonido. Quería estar de alguna manera”. Argot y Gustavo Bilbao fueron en aquel momento los encargados de instruirla para que pudiera organizar recitales, tarea a la que estuvo abocada hasta que el año pasado dijo basta.
“Mi primer gran recital fue Las Manos de Filippi en plaza San Martín con Don Lunfardo, Guasones, Estelares y Encías Sangrantes para cuando cerró Urbana. Fue un laburo gratificante. En ese momento, creíamos que podíamos salvar una radio”, la felicidad ante la tarea cumplida es evidente en el rostro de Zaída y se profundiza aún más cuando recuerda otro de sus grandes logros: la fecha realizada en la puerta de Mafisa a beneficio de las 500 familias que se habían quedado en la calle. “La fábrica estaba tomada y estaban haciendo un fondo de lucha para bancar ese proceso en el que los empleados no cobraban, entonces les dije que podía colaborar con un recital. Empecé a llamar a amigos para que me ayudaran. Muchos decían de hacerlo en plaza San Martín, pero no, yo quería hacerlo en la puerta de la fábrica y que la gente conociera dónde estaba el conflicto y viera cuáles eran los obreros. Finalmente, 3 mil personas vieron a La Secta y a La Cumparsita en Olmos ese día”, narra.
Otro de los momentos que, según la Turca, fueron determinantes en su destino, fue el día en que conoció a Marcos Scafaroni, el bajista de La Secta, quien la llevó a trabajar con su banda. “La verdad es que La Secta es mi amor. Todo lo que organizábamos, salía perfecto, era buenísimo ver que toda esa gente disfrutaba de nuestro laburo. Ellos se re preocupan, saben que hay que ser buen artista y hacer que el que está organizando quede bien también. Es que la actitud es mejorar siempre tu show porque compones algo para un público al que respetas. Ahora la gente pide calidad musical. La gente se da cuenta cuál es el artista bueno y el malo, ya no le vendés a Kiss. Hoy a Kiss le iría muy mal”, reflexiona para luego asegurar que, aunque el año pasado haya decidido dejar de trabajar durante las noches, a veces le “tira volver” pero sólo para acompañar a la banda de Scafaroni.
“¡Soy la chica rock del año!”. Segundos después de autodenominarse como la mujer que sabe moverse como pez en el agua en un ambiente tradicionalmente masculino, la Turca se ríe con ganas y, aprovecha el momento estruendoso para aclarar que aunque las guitarras distorsionadas hayan logrado cautivarla, ella sigue siendo siempre la misma, una joven santiagueña que con su mejor actitud punk no teme jurar que hoy los sonidos que acompañan sus días no son otros que los de ése folclore que la crío: “No soy de escuchar esas bandas de las que ni sabés bien el nombre, que sólo las escuchan tres personas. Soy más popular, no ando investigando a ver qué es lo último que salió porque lo que a mí me interesa es sentir la música, el placer. Y por eso, porque lo siento, ahora adoro a Jorge Rojas”.

De Garage – Marzo de 2011
(siempre es mejor la versión en papel)

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